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La hora ha llegado. Poco menos de 1 año después del Mundial de Clubes, poco más de 6 meses desde el sorteo en Washington DC, arranca el Mundial de Fútbol, por primera vez con 48 equipos y en 3 países, en los cuales distancias infinitas separan a las sedes. Mundial de aeropuertos, totalmente opuesto al de 2022 jugado casi que, en una sola ciudad, Doha y con metro gratuito. Mundial que convertirá al Estadio Azteca en el único en ser sede de una Copa del Mundo por tres veces. Será su tercer juego inaugural tras 1970 y 1986, cuando México y Sudáfrica, igual que en 2010 y también en un 11 de junio, den el puntapié inicial, en lo que puede ser un presagio de otro título para España. Dado que el anfitrión principal de la cita es Estados Unidos, el Azteca no albergará esta vez la tercera final de su historia. El sitio que vio consagrarse a Pelé y Maradona tendrá partidos sólo hasta octavos de final. De resto, la Copa se disputará íntegramente en estas tierras, donde el fútbol sigue siendo soccer y donde ahora se vive en los tiempos del hielo.
Los eventos citados han tenido el sello del actual inquilino de la Casa Blanca, célebre por su personalidad narcisista. En aquella final de New Jersey cuando Chelsea se alzó con el Mundial de Clubes, parecía un miembro más del staff londinense y salió en más fotos que muchos jugadores del equipo. Y luego en el sorteo del Mundial en diciembre de 2025, recibió el Premio FIFA de la Paz, grotesco invento de Infantino para congraciarse con el mandatario republicano y seguir creando lazos comerciales en la tierra del soccer. Nunca se había visto un presidente de FIFA tan amigo de la genuflexión, como diría Santiago Segurola. Y el receptor de ese premio de Paz, sólo unos meses después de recibir el flamante galardón, ya había ordenado incursiones en 2 países extranjeros y uno de ellos, clasificado al torneo, con tres partidos por jugar en Estados Unidos. Increíble, nunca se había visto tanta incertidumbre antes de un Mundial. No se sabía si jugaban 47, si EAU reemplazaba a Irán, o hasta se llegó a rumorar que Italia, el gran ausente, tomaría su lugar. De todo se dijo. Que Irán si venía, pero jugarían en México, que cambiaban de grupo. Nada de eso resultó. Finalmente están los 48 clasificados, número de por sí exagerado, con Irán incluido y jugando en las ciudades asignadas, dentro del grupo más flojo con Bélgica como cabeza de serie. Eso sí, concentrando en México para evitar males mayores y con la prohibición grosera de pernoctar en USA.
Esa ha sido la constante de esta víspera llena de incertidumbre. Como nunca en un Mundial de los que yo he vivido. Con fallos organizativos, con sorteos caóticos de entradas. con precios de boletería por las nubes (Lo de las boletas para la final, arrancando a $4,185 en el precio oficial, simplemente raya en lo criminal), con aficionados que sufrieron cambio de localidades sin previo aviso, con denuncias a la FIFA por temas relacionados con la venta de entradas, entre ellos una por fraude y falsa información de parte de la fiscalía general de New Jersey en investigación de The New York Times. Hasta el álbum de Panini, una tradición en esta época tuvo problemas iniciales con la distribución de sobres. Además, poco ambiente del torneo hasta menos de dos semanas antes del inicio, normal en una tierra donde el soccer, gracias al impulso de la llegada de Messi ha avanzado mucho. pero aún es extraño para gran parte de la población. Ambiente que poco a poco crece, sobre todo en zonas de gran población hispana como el sur de Florida, pero que ha llegado muy a “la gringa” con eventos y fiestas en sitios públicos y privados, incluyendo ver los partidos en pantalla gigante en coliseos cerrados o en salas de cine. Y como última joya, los precios desorbitantes de los parqueaderos, imposibles para el grueso de la población. Es decir, un Mundial que se creía que era para todo el público, se ha reducido a un espectáculo cerrado, donde seguramente habrá estadios con poca asistencia en muchos partidos y donde ha primado lo comercial. Y lo peor, con el tema migratorio de fondo y la amenaza latente para muchos espectadores, y donde hasta un árbitro somalí, el mejor de África en 2025, tuvo negada la entrada al país. Son los tiempos del HIELO, los que se viven ahora.
El jueves rodará el balón, tras la primera de tres inauguraciones, otra de las novedades comerciales. En ese momento, a los futboleros raizales como yo se nos abrirá todo un mundo. Tanto desastre, tanto precio alto, tanta incertidumbre, tanto hielo pasarán a otro plano. El fútbol siempre será más fuerte que el soccer. Los equipos para ver, las figuras a seguir, las expectativas de la selección colombiana serán tema de otras líneas. En mi caso, por 39 días (más que en cualquier Mundial previo), volveré a ser, como dijera Fito, “aquel chico que jugaba a la pelota del 31-46” y que soñaba con estar en el Pascual Guerrero en el mundial “Colombia 86”. Aquel sueño, roto en su momento, está cerca ahora. Lejos de Cali, llegará en la multicultural y cálida Miami, paradójicamente, un símbolo de los tiempos que corren, los tiempos del HIELO.
Germán E. Ocampo Gómez
Davie, FL, junio 9 de 2026
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